El Prado, el Bosco y el arte de perderse (o abrumarse) en los museos
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Visitar un museo es una experiencia única y profundamente personal. Hay una magia extraña en estos lugares: puedes volver al mismo museo en diferentes momentos de tu vida y descubrir que las sensaciones de la primera vez nunca se repiten. Cambiamos nosotros, cambia nuestra mirada y, sobre todo, gracias a la inmensa grandeza que caracteriza a estos templos del arte, siempre hay manera de dejarse sorprender por una obra maestra que antes nos había pasado desapercibida.
La necesidad de comenzar este viaje y estrenar esta sección nació de una experiencia muy reciente. Me encontraba en el Museo del Prado de Madrid, un lugar que siempre visito con inmenso placer y que tengo la suerte de tener cerca, ya que vivo aquí en España.
Cada vez que camino por estas salas, siento el impulso de volver a saludar ciertas obras maestras que nunca me canso de mirar. Entre tantas, jamás puedo dejar pasar la oportunidad de buscar a mi compatriota, Antonello da Messina, con su Cristo muerto sostenido por un ángel (1475-1476) —que el Prado cambió recientemente de sala, haciéndome dar unas cuantas vueltas antes de volver a encontrarlo— o el Adán y Eva (1507) de Durero. Y dejo de enumerar obras aquí, porque la lista sería demasiado larga y no querría hacerle injusticia a ninguna de las maravillas que se refugian en este lugar.
El inicio del desastre (y una poza de agua oscura)
Y sin embargo, mi última visita se transformó en una desastrosa experiencia contemplativa. Para ser sincera, creo que dependió en parte de mi estado de ánimo y del nivel de intolerancia que logré escalar en muy poco tiempo.
Ese día tenía una misión muy concreta: quería observar de cerca un detalle que incluso he destacado en una de mis piezas de Obljewellery. Se trata de un detalle que se encuentra en el panel izquierdo, en la parte inferior, del famoso El jardín de las delicias de el Bosco: una poza de agua oscura y turbia, rebosante de todo tipo de extrañas criaturas, justo ahí, en el panel del Edén. Mi curiosidad exigía una visión presencial; solo quería detenerme en ese detalle que evoca el mal oculto en la pureza. Solo admirar ese detalle, nada más.
Por desgracia para mí, mi visita coincidió con la llegada de un grupo de turistas bastante numeroso, liderado por un guía que era, por decir lo menos, logorreico.
Una escena de película cómica
Al principio me dije: "No importa, doy una vuelta y regreso más tarde". Pero cuando volví, seguían todos allí. Pensé: "Muy bien, daré otra vuelta...". Y luego otra, y otra más.
A esas alturas, la situación se volvió casi cinematográfica. Incluso el grupo parecía haber renunciado a escuchar a su propio guía: cada vez que regresaba a la sala, con la esperanza de encontrar un hueco, veía a los participantes escondiéndose unos detrás de otros, charlando entre ellos y bloqueando por completo la vista del cuadro. Una pared humana insuperable.
Al final tuve que rendirme y mirar el lado positivo: significa que tendré que volver pronto. Pero la próxima vez, elegiré un día y una hora mucho más estratégicos.
Es precisamente de este contraste, de este momento de belleza interrumpida, de donde me di cuenta de cómo el arte hoy oscila constantemente entre dos extremos. Y así nace este cuaderno de viaje: una crónica personal a través de los museos, donde las obras maestras se hunden en el caos de la multitud o, en los momentos de mayor suerte, se entregan al privilegio del silencio.
Bienvenidos a Visiting the Museum.